La calma esa
Absurdo rejunte de miserias
horrendas,
recuerdos que pasan como canciones
inadvertidas en una rocola barata.
La precaria necesidad
de un poco más de blues
de verdad.
Estoy convencido que existe
la reconciliación con el alma,
de hecho sucede y nada más: Está ahí, y me dice Tío.
“Siempre tirar pa´delante”.
Dice una bonita canción.
Y ya lo creo.
Hoy estoy acá. Revelando un secreto indescifrable.
Infinito.
Y toda la vida junta, cobra sentido.
Como un puente que me lleva a otro tiempo,
que siempre, tal vez,
sea el mismo.
Pero me deja ahí, inerte
no abandonado,
sino intraviado. Que es diferente.
Creo ver un poco más allá
en este recorrido: veo soledad y penumbras
pero además veo que hay luz y hay vida.
Y que cada una de nuestras vidas resplandece
como una música maravillosa.
Por eso recolecto palabras y borracheras. Locuras y desventuras.
Por eso puedo admitir
que aprendí a crecer: Del mismo modo que crece una planta rara
en un descampado necochense: casi sola.
No del todo. Pero casi.
Rodeada por el vacío de una vegetación absurda y desconocida,
por cardos y paja brava.
Que son como seres improbables,
que no dicen nada
y venden humo. Como además
por mágicas almas encantadas
que son amigos y nos abrazan,
con sus cálidas respuestas,
su música o sus poemas,
o tal vez un porro, casi en silencio.
Sin hablar demasiado.
Ya no pienso en el absurdo, o en
esa soñada calma permanente.
O en algo que resulta incomprensible
y puede llevarme lejos.
Muy lejos.